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El sonido rítmico de mis pies golpeando suavemente la nieve me enajena, me transporta a un mundo interior que ya extrañaba. La luz que emana del horizonte, anticipo del día por venir, pinta todo de un rojo carmesí intenso cual sangre derramada por los dioses.
El aire enrarecido de las alturas y el cansancio se mezclan en forma de droga alienante que convierte mi visión en un calidoscopio de colores matizados en un anaranjado intenso y claro. La inexorable idea de llegar a lo mas alto, fraguada de un sueño que parece estar dentro de mi desde el mismísimo día de mi nacimiento, me da una fuerza extraña que me empuja hacia arriba, hacia la cumbre de esta hermosa mujer dormida vestida de blanco.
El viento del nor-este acaricia suavemente los contornos de esta majestuosa montaña, de esta diva celestial.
El reloj marca las 6:10 am y frente a mi camina Mariano Castelao y un poco mas atrás viene Adrián Gutiérrez, ambos con una evidente y clara determinación en los ojos.
La altura, 5,120 metros sobre el nivel del mar, nos sume en un delicioso trance.

1ER VUELO DESDE LA CUMBRE DEL IZTACCIHUATL.
Articulo por Alejandro Pérez Rayón Ll.
Hace un mes recibí una llamada inesperada de Mariano a media semana: “Vamos a subir el Iztaccihuatl para bajar volando desde la cumbre.” Fue lo primero que me dijo y luego me pregunto “¿Cuándo vamos?”.
“OK, pero esta ves, suceda lo que suceda, despegaremos. ¿Lo dejamos fijo para el fin de semana del 31 de mayo?” Respondí sin exaltarme mucho.
“Sale, para el 30 y 31 de mayo.”
“Es Muss Sein, ¡Ciao!.” Respondí.
La idea estaba planteada desde el año 2003 cuando, por primera ves, Mariano y yo habíamos despegado desde la zona de refugios del Iztaccihuatl a 4,780 metros sobre el nivel del mar y habíamos logrado llegar hasta Paso de Cortes en las faldas del Popocatépetl.Desde ese año habíamos volado la zona de los volcanes intensamente todos los inviernos, habíamos despegado desde las rodillas (5050 msnm), desde los pies (4,600msnm), desde los refugios (4780 msnm) pero no habíamos podido volar desde la cumbre. Y con cada intento, la idea de alcanzar el punto más alto del cerro para extender nuestras alas y remontar el vuelo para descender volando, se había convertido más en una necesidad que en un reto. Incluso desde mis días de montañista, cuando aun no volaba, la idea de descender volando de alguna manera desde la cumbre de mis montañas había acechado mi mente innumerables veces.
A través de los años nos habíamos juntado un grupo de 5 ávidos exploradores. Un grupo de personalidades distintas, pero con el mismo amor por la naturaleza y por las grandes alturas. 5 aventureros con un historial de alta montaña, artes marciales, maratones y expediciones al extranjero desde Patagónia hasta el Himalaya.
Era hora de mandar la convocatoria:
“Señores, Mariano ha planteado una nueva convocatoria para volar desde la cumbre del Iztaccihuatl. Esto es para el viernes 30 y sábado 31 de mayo. ¿Quién se apunta?” decía el mail.
Al día siguiente ya tenía la respuesta de Gustavo Montalvo, Leonardo Torres y Adrián Gutiérrez, “Vamos.”.
Con un mes de anticipación solo quedaba esperar, entrenar lo posible y estudiar las condiciones meteorológicas para lograr el acometido.
Y finalmente llegó el día.
Adrián y yo habíamos salido de la Ciudad de México a las 10:00 am para cruzar el tráfico infernal del viernes de quincena. El trayecto, en cualquier otra circunstancia, hubiera sido desesperante. Pero ambos teníamos nuestras mentes clavadas en el objetivo de volar desde la cumbre del Iztaccihuatl y los embotellamientos pasaron a ser algo prácticamente imperceptible. Adrián, de todos en el grupo, era quien menos experiencia en montañismo de altura tenía. Pero su falta de experiencia en montaña no negaba su excelente capacidad como piloto de parapente y aun menos su extraordinaria determinación para lograr lo que deseaba.
La idea era adelantarnos para tener un poco mas de tiempo para aclimatar y acostumbrar nuestro cuerpo a la falta de oxigeno de las alturas

A las 2:00 pm, habíamos comenzado a caminar desde el estacionamiento de La Joya (3800 msnm), en las faldas del Iztaccihuatl. El cielo estaba nublado, con posibilidades de lluvia y los vientos del nor-este amenazaban con generar una tormenta si se mezclaban con los húmedos vientos del sur-oeste que ya venían subiendo desde los valles de Cuautla.

Cada hora nos parábamos a tomar agua y comer algo, receta recomendable para dejar que el cuerpo no se deshidrate ni pierda la energía necesaria para el proceso de aclimatación.
Gustavo, Leonardo y Mariano no tendrían que aclimatar tanto como Adrián dada su extensa experiencia como montañistas, por lo que habían decidido salir mas tarde de México para alcanzarnos en la zona de refugios mas arriba en la montaña. A eso de las 6:00pm, Adrián y yo llegamos a la zona de refugios para encontrarlos vacíos. Adentro había otra sorpresa, dos botes de agua de 10 litros cada uno. Esto fue suficiente invitación para tomar la decisión de dormir ahí para subir a la cumbre del Izta en la madrugada siguiente. Hicimos cuentas y decidimos que la hora de partida, a la mañana siguiente, seria las 3:30am. La simple idea de levantarnos tan temprano nos daba sueño y sin pensarlo dos veces extendimos nuestras bolsas de dormir y nos metimos en ellas quedándonos dormidos al instante.

Adrián Gutiérrez en el refugio de los 100 (4780 msnm).
A eso de las 10:00pm se abrió la puerta del refugio para dar paso a Leonardo, Mariano y Gustavo quienes inmediatamente se prepararon una cena a base de comida deshidratada y se prepararon para dormir. Platicamos un poco de los planes del día siguiente y todos estuvimos de acuerdo en el itinerario a seguir: 3:00 am despertarnos, 3:30 am salir rumbo a la cumbre del Izta, 7:30 am estar ya listos en la cumbre para despegar…

2:50 am y ya me encuentro despierto, espero acostado un rato en lo que suena el despertador de mi celular.
Mientras medito y programo mi mente y cuerpo para la chamba que tengo por delante. Deseo con todo mi corazón que este sea el día para volar desde la cumbre. El viento suena fuera del refugio y pienso si no estará demasiado fuerte. Con un viento así es posible que se este formando una tormenta. En esta temporada del año, cuando el aire esta tan húmedo como puede estar, el clima puede ser totalmente impredecible. Y en esta montaña es bien sabido que las condiciones meteorológicas pueden cambiar en minutos.
Me siento seguro de alcanzar la cumbre, aun con los más de 15 kg que deberé llevar en la espalda. Tras tomar algo de agua decidimos empezar a caminar. Al salir del refugio noto que el cielo esta totalmente plagado de estrellas y la Vía Láctea se ve tan clara como un brochazo de tinte estelar en un lienzo negro. Pero esta claridad no garantiza nada aun.Aunque Mariano Leo y Gus todavía no están listos, Adrián y yo nos vamos adelantando ya que sospecho que iremos bastante más lento que los ya experimentados montañistas.

Alejandro Pérez Rayón y Adrián Gutiérrez.
Traemos lamparitas de cabeza y el pequeño circulo de luz frente a nosotros nos da mas la idea de estar volando que caminando, un vuelo entre un sinfín de piedras y pendientes escarpadas de arena. Decido tomar un ritmo lento pero seguro pensando que aun tenemos 4 horas para alcanzar la cumbre antes de que el sol comience a calentar el lado oriente de la montaña. Es una carrera contra las condiciones, ya que en esta época del año, la tendencia es a sobre desarrollos eh inestabilidad extrema y deberemos aprovechar la calma antes de la tormenta para hacer nuestro vuelo. Cada paso es un renglón del mantra que nos llevara a la cumbre, El Pecho de la Mujer Dormida a más de 5,260 metros sobre el nivel del mar.
Al poco rato escuchamos unos pasos que nos vienen dando alcance y el primero en aparecer es Mariano, con su típico paso redoblado y energía desbordante. No trae lámpara y se viene guiando únicamente por la luz de las estrellas y por una luna menguante que asemeja una uña blanca. Pronto nos pasa y Gustavo y Leonardo nos alcanzan un poco mas arriba. Leo tampoco trae lámpara y decide ponerse entre Adrián y yo para aprovechar la luz de las nuestras. Sabe que un poco mas arriba el terreno se pone bastante mas tecnico y sin luz apropiada, prácticamente imposible de escalar.
Así vamos ganando altura, alcanzando el balcón, la arista de la cruz y finalmente llegamos al tramo de terreno vertical antes de las rampas superiores que nos llevaran al legendario Iglú. Aquí ya vamos encontrando algo de nieve dura y Gus, Mariano y Leo empiezan a tener dificultades para subir. En el afán de ahorrar un poco de peso, habían dejado sus crampones (picos para los zapatos) en el carro y solo Mariano traía su piolet (hacha para hielo). El terreno es delicado y pronto se vuelve peligroso ya que justo bajo las rampas de hielo sobe las cuales escalamos, hay un precipicio vertical que aseguraría la muerte de quien osare perder el equilibrio en este punto.

Mariano se trepa por las rocas y con algunos pasos arriesgados logra alcanzar las rampas superiores del nevero congelado. Hazaña extraordinaria ya que carga a su espalda el parapente y su equipo de campamento sin mencionar que lo hace en casi total oscuridad. Adrián y yo nos ponemos los crampones y comenzamos a patear algo de hielo, pero este es bastante duro. Las rampas de hielo se intercalan con rocas y el caminar se vuelve bastante técnico. Decido adelantarme un poco para ver las condiciones de la ruta mas adelante ya que con la corta experiencia de Adrián, y la falta de crampones de Gus y Leo (Mariano había ya alcanzado la parte superior del tramo peligros escalando sobre las rocas) me estoy poniendo nervioso.

Caminata nocturna en el volcán Iztaccihuatl
Leo deja su parapente y escala también por las rocas alcanzando la arista superior sin problemas. Las cosas están en el límite y afortunadamente, unos 10 metros mas arriba, la pendiente cede un poco y se vuelve menos peligrosa. Le grito a Adrián que suba y escucho que Gus decide bajar, la mejor decisión que pudo tomar dadas las circunstancias. Leo también decide que subir con el parapente en la espalda es demasiado arriesgado y emprende el descenso también. Entiendo que en ambos casos es la experiencia la que habla, son expertos escaladores y saben que mas adelante el camino tendrá de nuevo, pasos tan, o mas, peligrosos que el que recién superamos. La cruz de “Los de Guadalajara” es una visión espectral y un recuerdo de los peligros del terreno en esta zona. Esta cruz es un monumento a la muerte de todos los que han perecido en este tramo, sin ser pocos los desafortunados.
Nosotros, ligeramente mejor equipados decidimos continuar con el ascenso. Vamos observando, a la luz de la luna menguante, el desarrollo de la neblina que cubre los valles. Es importante que se mantenga como neblina y no empiece a crecer verticalmente en forma de cúmulos, ya que esto seria pronostico de lluvias en la mañana. Ya estamos cerca de los 5,000 metros sobre nivel del mar y la altura se deja sentir. Adrián viene escalando a un ritmo lento pero seguro, el Tiburón (Mariano) se adelanta hasta perderlo de vista ya que no trae lámpara. Llegando a la arista del famosísimo Iglú, el viento nos recibe con ímpetu, calculo que estará como a 30 o 35 km/hr y trae dirección del nor-este, tal cual lo predijo el pronóstico del clima. Se que es el viento del amanecer y que tan pronto salga el sol deberá aminorar su fuerza. De cualquier manera con 30 km/hr un despegue sigue siendo posible aunque bastante más peligroso. Antes de llegar al Iglú pasamos frente al despegue de las rodillas donde hace un par de años Gustavo, Mariano y yo hicimos nuestro primer despegue a mas de 5,000 metros.

Amanecer en la 1era rodilla a 5000 msnm.
En el horizonte ya se empieza a ver la primera luz del alba y esto nos da fuerzas para seguir adelante. El espectáculo es increíble, el cielo peinado en alto-stratus paralelos pintados de rojo carmesí y los valles de Puebla cubiertos de una bruma transparente que delimita, en su parte inferior, los volcanes de La Malinche, el Pico de Orizaba, La Sierra Negra y el Cofre de Perote. En algún momento me paro para observar este espectáculo y siento como las lágrimas quieren salir. Es increíble el regalo que estamos recibiendo y aun nos falta un tramo largo para llegar a la cumbre de este hermoso gigante.
 
Vamos siguiendo la arista que corre desde las rodillas (donde se encuentra el Iglú) con rumbo a la Cadera. Los glaciares se pintan de rosa y el hielo adquiere una textura como de piel de durazno.

Mariano va adelante, luego voy yo y al final viene Adrián que me sorprende a cada instante.Cada vez que vemos un posible despegue lo comentamos y analizamos, porque sabemos que es posible que el despegue del Pecho pueda no ser factible. Pero eso no lo sabremos hasta llegar allá.

Vista desde la cadera rumbo al Popocatépetl (5125 msnm)

En la cadera, atrás los valles de Amecameca.
Llegamos al valle nevado de la panza y nos cubrimos con más ropa, el viento es aun mas frío y se cuela por todas partes. El cruce de este hermoso glaciar es casi plano y nos sorprende, y entristece, el ver como, año con año, el nivel del hielo va bajando a pasos agigantados. El calentamiento global es evidente y sabemos que en unos pocos años dejaran de existir estos increíbles parajes al desaparecer por completo el hielo. Preferimos no pensar demasiado en lo que vemos y seguimos adelante con la mira puesta en el último, y más peligroso, obstáculo de la ruta: La arista del sol.
Desde abajo se ve espeluznante, parece una aleta con un espacio para caminar justo en su filo de no más de 1 metro en algunos lados. Las caídas a cada lado son vertiginosas y en caso de perder el pie seguro terminarías unos 400 o 500 metros mas abajo. Pero es el único acceso a la cumbre y haciendo de tripas corazón, comenzamos el último esfuerzo. Mariano se adelanta y luego me lanzo yo. Adrián toma un descanso sentado a horcajadas sobre una piedra y yo comienzo lento para no quemarme y llegar con amplias fuerzas a la cumbre para despegar desde ella.
Esta arista es horrible, con una base de roca semidura cubierta por gravilla. Se siente muy resbalosa y nomás de pensar en lo que pasaría de caer de aquí, se me arruga el cuero. Pero pasito a pasito, asegurando cada pisada, vamos ganando metro por metro. Es exaltante y la adrenalina corre por mis venas dándome esa energía extra para no perder la atención de lo que hago. Y finalmente el Pecho, la cumbre deseada. Mariano ya observa las condiciones y yo en seguida me pongo a buscar el mejor sitio para despegar. Descubrimos que el despegue desde la misma cumbre es imposible ya que el viento del nor-este le pega en su flanco mas escarpado. Pero unos 15 metros mas abajo, ya sobre el glaciar del pecho, hay un vallecito plano de hielo que parece ser la mejor opción aunque se encuentra al final de un pequeño vénturi. Este vallecito es semiplano y en su lado nor-este se asemeja a un pecho de contorno suave y con pendiente en aumento gradual justo hacia el viento. Es un despegue perfecto. Bajamos para investigar y nos sentamos en lo que llega Adrián para observar las condiciones del viento. Nos sorprende la laminaridad del viento que parece más que un viento de montaña, una deliciosa brisa de mar con quizás unos 15 o 20 km/hr de velocidad. Perfecto. Llega Adrián y le preguntamos que le parece, el agotamiento es evidente en sus ojos pero su respuesta es contundente: “Esta perfecto para despegar.” Que entre líneas se lee: “ni madres que me bajo caminando.”.

Adrián Gutiérrez, Alex Pérez Rayón y Mariano Castelao con los ánimos en alto checando las condiciones meteorológicas desde la cumbre (5260 msnm).
Mariano sugiere que kaitiemos una vela para asegurarnos de que el viento que sentimos a nivel de cancha no se acelera mas arriba. De cualquier manera nos sentamos a meditar un poco, a sentir si no entran rachas fuertes y a esperar a que el cuerpo y alma entren en sintonía con el medio. Analizando consideramos el viento, el L/D (planeo) necesario para llegar a los aterrizajes con amplio margen de error por si encontramos algún sink fuerte, alternativas de aterrizajes, velocidad de viento y dirección del mismo.
Sabemos que en los años 80´s un francés llamado Piere Boilloux, despego desde algún punto del Izta. No estamos seguros que lo haya hecho desde la misma cumbre pero lo que si sabemos es que con la diferencia de tiempo, de mas de 20 años, el volcán y las condiciones meteorológicas han cambiado tanto, que es como si estuviéramos despegando desde otra montaña. También sabemos que hasta ahora ningún otro Mexicano ha volado desde estos increíbles paisajes cumbreros y esto, aunque en el momento no parece importar demasiado, nos llena de un cierto orgullo nacionalista. Y la idea de despegar desde un lugar “nuevo”, desde esta altura, y con el viento llamado Coriolis, como único aliado en el aire, nos pone atentos y algo nerviosos. Pero poco a poco vamos ganando la confianza necesaria para despegar.
Tras unos 10 minutos de estar sentado sobre mi mochila, me entran ganas de volar, se que mi cuerpo y alma están en sintonía con el clima y el lugar. Saco mi vela y la extiendo sobre la nieve. Ya traigo conectado el arnés de montaña a la misma y, haciéndole caso al Tiburón, decido kaitear la vela aun sin ponerme el arnés, así, si por alguna razón siento que me jala demasiado lo único que tengo que hacer es soltar el arnés para jalar las bandas C´s. El viento aumenta un poco de intensidad y decido que si puedo kaitear la vela en este momento no tendré problemas para despegar.



Kaiteando el parapente “Ra” en la cumbre del Iztaccihuatl, 5260 msnm, fotos Mariano Castelao.
Subo la vela y esta me jala fuerte pero manejable. La llevo hasta arriba y la mantengo ahí sin dificultad. La estabilidad de la vela me indica que el viento es totalmente laminar y que no hay turbulencia en el mismo. LISTO, estoy preparado para despegar. Me pongo el arnés y me coloco la mochila detrás, cuelgo mi bolsa de dormir a un lado del arnés para equilibrar el peso y reviso que el paracaídas de reserva este en posición accesible. Para mi suerte la intensidad del viento baja un poco y sin chistar levanto de nuevo la vela, me doy la vuelta y con solo dos pasos comienzo a volar.
   

Despegue desde la cumbre del Iztaccihuatl, 5260 msnm, fotos Mariano Castelao.
La estabilidad del aire es increíble y me enfoco a salir del vénturi dentro del cual despegué y me enfilo a La Joya. Voy “soreando” la montaña y sin perder altura recorro a sorprendente velocidad primero la arista de la luz, luego la panza, luego las caderas y las rodillas. Me da un escalofrió comprobar desde el aire el tremendo deterioro de la montaña. La pequeñez de los glaciares, comparados con lo que conocí la primera vez que subí a esta montaña hace más de 17 años, es deprimente. Me da una profunda tristeza ver como, las imágenes que tengo en la memoria de mis primeros ascensos, ya no corresponden a la realidad actual de la montaña. Lo que antes eran majestuosos glaciares llenos de grietas y de un azul turquesa, ahora son apenas unas planicies de hielo sémi derretido y en obvia degradación. El pensamiento de “nuestras montañas están muriendo” pasa por mi cabeza.

El glaciar de la panza desde el aire, a la derecha el inicio de la arista del Sol.
Regreso mi concentración al vuelo y antes de dejar atrás las ahora áridas cumbres, me enfoco a sentir la actividad micro meteorología del volcán. Justo entre la panza y las rodillas siento una débil terma, otra mas al pasar casi sobre el Iglú y la latente idea de alguna vez despegar desde las faldas, para subir volando hasta la cumbre, se hace más factible en mi mente que nunca. Finalmente dejo atrás los altiplanos y múltiples cumbres del Iztaccihuatl para empezar a volar sobre la arista que va desde la zona de refugios a los pies. Pasando la zona de los refugios veo, para mi grata sorpresa, un parapente despegando de los arenales del Jabonero (abajito de los refugios). El contraste del vivido azul del parapente contra el hermoso tono cobrizo de la tierra es una verdadera obra de arte. Trato de mantener la vista en el espectáculo lo mas posible ya que esto no se ve todos los días.

Mariano Castelao con el despegue en los Valles Nevados del fondo

Los pies del Iztaccihuatl desde el aire, foto Mariano Castelao.
Enseguida veo que es la vela de Leo y comienzo a gritarles para que me vean y para entablar esa relación que se da cuando te encuentras en el aire con otro piloto en algún paraje desconocido. Veo que Gus esta en los arenales y también se prepara para despegar. Por radio le reporto a Adrián y a Mariano que las condiciones son perfectas para despegar y que la turbulencia en mínima. Que ya tengo el aterrizaje oficial de Altzomoni a tiro de glide y que estoy viendo a Leo y Gus despegando desde los arenales del Jabonero. Estoy entusiasmadísimo y realmente asombrado por la vista y lo que acabo de hacer. Las vistas son extraordinarias y la sensación de volar en este lado del volcán me llena de felicidad, una felicidad de logro, de haber llevado a cabo un sueño que con cada año veía más lejos de suceder.
Todos esos vuelos en los volcanes, estudio de meteorología, cursos de maniobras, intentos frustrados por clima, condiciones, falta de condición física, todo concentrado en ese instante donde sabes que ya estas seguro y que el aterrizaje esta a la mano. Y compartir esto con 5 de los escaladores y exploradores más admirables que conozco, 5 muy buenos amigos, lo hace todavía más grato. Paso volando sobre los pies del Izta y veo el despegue que inauguré hace 3 años, el de los refugios desde donde hicimos el primer vuelo, también veo en el horizonte el despegue de Cerro Águila y un poco mas cerca el despegue del espolón Altzomoni.
Toda la trayectoria necesaria, en experiencias, entrenamientos y sueños, para poder volar desde la cumbre de esta bellísima montaña llamada Iztaccihuatl, se resume en estos instantes de gozo y logro. Vuelo finalmente sobre el aterrizaje y me sorprende la altura que traigo, por lo menos unos 600 metros mas de los que esperaba. Entiendo que volar con el parapente Nova RA ha sido el factor de seguridad más importante del vuelo ya que en ella me siento totalmente seguro. De hecho se que Adrián y Mariano traen RA s y que llegaran con tanto margen sobre el aterrizaje como yo.
Empiezo mi patrón de aterrizaje haciendo un giro sostenido de 360 grados para medir la deriva del viento. Hago varios giros con el mismo radio y noto que prácticamente no hay deriva. Decido aterrizar en dirección oriente siguiendo el viento que me dejo despegar. La decisión es acertada y tras hacer unas Z´s aterrizo en el oficial de Altzomoni que tan bien conozco. Me comunico por radio con Mariano y Adrián que aun no han despegado para informarles que estoy bien y me siento un rato a observar como Leo hace su patrón en la misma zona y hace un aterrizaje perfecto. El espectáculo de Leo volando con el Izta de fondo, con esos picos dentados, agresivos en apariencia y nobles en experiencia convierten esta imagen en un verdadero poema. Lo que significa lo que estoy viendo es extraordinario. Un pedazo de tela aerodinámica, producto del ingenio humano llevado a su máximo nivel y un piloto que entiende lo que sucede, que logra integrarse a una naturaleza olvidada por la memoria colectiva de la humanidad para lograr el sueño de ser pájaro, de explorar la 3ra, 4ta y 5ta dimensión del mundo donde afortunadamente nos toco vivir. En un estado de éxtasis observo como, uno a uno, van apareciendo desde atrás de la montaña, los otros exploradores. Primero aparece Mariano que llega igual de alto que yo, atrasito sale Adrián y finalmente Gus que hace un glide final y un aterrizaje de precisión sobre la terraceria que sube desde Paso de Cortes.

Mariano Castelao en el aterrizaje oficial de Altzomoni (3800 msnm) foto Mariano Castelao.
Los tres vuelan directo al aterrizaje aunque en vez de conformarse con aterrizar inmediatamente, buscan ascendencias para volar aunque sea un poco mas en este majestuoso paraíso. A las 10:30 am, ya con todos posados sobre el planeta, el cielo se llena casi instantáneamente de nubes cerrando el clima contundentemente.

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